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¿Cómo afecta la corrupción el desarrollo económico?

Las diferencias entre países en su nivel de desarrollo siempre han fascinando e inspirado a los economistas. En 1988, el premio Nobel de economía Robert E. Lucas escribió: “Las consecuencias para el bienestar humano asociadas a temas tales como estos (el desarrollo) son sencillamente asombrosas: una vez que uno empieza a pensar sobre ellas, es difícil pensar en otra cosa”.

Hoy sabemos que para explicar estas diferencias tenemos que entender, a través de la historia de los países, sus instituciones formales e informales y sus dinámicas políticas, ¿cómo es que algunas naciones han podido salir de la pobreza y construir democracias fuertes, mientras que otras se quedan en círculos viciosos, donde unos pocos con poder económico o político se aprovechan de debilidades institucionales a costo de la sociedad? Así, estos pocos suelen tener un interés en que se mantenga el estatus quo y se oponen de manera más o menos sutil a posibles reformas.

Un aspecto clave para comprender el desarrollo, o la falta del mismo, es entender el fenómeno de la corrupción. La corrupción fomenta y estabiliza este círculo vicioso, siendo tanto una fuente de rentas ilícitas y de poder, como una herramienta para mantener débiles las instituciones de un país.

Las ciencias sociales han avanzado bastante en explicar el fenómeno de la corrupción durante los últimos 20 años. También está comprobado su efecto altamente dañino para cualquier sociedad, no solo en términos económicos, sino también por socavar la confianza de los ciudadanos en sus gobiernos, violar los derechos humanos y nutrir ciertas costumbres culturales indeseadas; como la “cultura del avivato”, para el caso colombiano.

Mientras que entendemos cada vez mejor el problema, estamos lejos de entender qué tipo de medidas son efectivas contra este flagelo. Se predican la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana.

Estas medidas tienen un valor en sí mismo, ya que son piezas claves de una democracia real. ¿Pero realmente sabemos lo suficiente acerca de sus efectos inequívocos y su efectividad contra la corrupción? Investigaciones académicas recientes, por ejemplo, sacuden algunas de las ideas preconcebidas sobre el rol de la transparencia, el control o sanciones.

Si bien son necesarias y pueden ser efectivas, también tienen efectos indeseados e indeseables: pueden hacer inflexible y rígida la gestión pública y pueden tener un impacto negativo en la motivación intrínseca de los funcionarios o gerentes. ¿Ya no confiamos en nadie?

La lucha contra la corrupción se ha vuelto una industria con sus propios intereses y predicadores. De pronto es tiempo para generar miradas frescas, revisando con cuidado la evidencia de la investigación académica y las lecciones aprendidas en la práctica alrededor del mundo. Esta es una lucha que vale la pena, pero merece estar basada en políticas públicas informadas que van más allá de seguir viejos refranes.

Publicado en El Heraldo,  Barranquilla

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